En el amor no existen reglas.
Podemos intentar guiarnos por un manual, controlar el corazón, tener una estrategia de comportamiento... Pero todo es una tontería. Quien decide es el corazón, y lo que él decide es lo que vale.
Todos hemos experimentado eso en la vida. Todos, en algún momento, hemos dicho entre lágrimas: "Estoy sufriendo por un amor que no vale la pena". Sufrimos porque descubrimos que damos más de lo que recibimos. Sufrimos porque nuestro amor no es reconocido. Sufrimos porque no conseguimos imponer nuestras reglas.
Sufrimos impensadamente, porque en el amor está la semilla de nuestro crecimiento. Cuánto más amamos, más cerca estamos de la experiencia espiritual. Los verdaderos iluminados, con las almas encendidas por el Amor, vencían todos los prejuicios de la época. Cantaban, reían, rezaban en voz alta. Eran alegres, porque quien ama ha vencido el mundo y no teme perder nada. El verdadero amor, supone un acto de entrega total.